Tengo la mala pata, y no va con segundas o quizás sí, de tener un vecino canino que ladra desaforadamente a cualquier hora del día, llamando la atención de todo el edificio que intuyo debe maldecirlo tanto como yo. Reconozco que mi amor por los animales se esfuma cada vez que escucho su agudo ladrido taladrando mi rutina o mi descanso. Procuro ser cabal y recordar que el comportamiento animal está supeditado a la educación del dueño, que en este caso resulta ser más animal que el propio can; ya que la fémina que lo acogió no solo no reprime los ladridos, sino que los acompaña del desacompasado ruido de sus tacones por toda la casa y las escaleras.
Por tanto, la responsable es la dueña y es a quién hay que dirigirse para reprocharle la molesta banda sonora con la que nos obliga a vivir.
De lo cual se deduce que ciertos comportamientos y actitudes no pueden ser reprochados a quién no tiene consciencia, por lo que si ahora nos resulta molesto el discordante "ruido" del actual gobierno, deberíamos dirigirnos a aquellos que los votaron pensando que no acabarían ladrando o tal vez sean éstos los que perdieron la consciencia y andan ahora, como todos, aullando.